Tu lector ideal eres tú… o casi

Uno de los consejos que más he escuchado es el de escribe para tu lector ideal. Es decir, no intentes complacer a todo el mundo sino que crea tu obra de manera específica para esa persona en concreto que está esperándola. Cuando leí esto no me resultó difícil pensar quien era mi lector ideal: yo mismo.

Lo he pensado en otras ocasiones, y creo que incluso lo he leído en alguna que otra parte: escribo aquello que quisiera leer.

La mayoría de las historias que quiero escribir ahora, las ideas que tengo, reflejan y cuentan una parte de mí, de mi vida personal y las cuestiones que estoy viviendo. Entonces, si ese lector ideal soy yo mismo, y esa fue mi primera impresión, ¿estoy escribiendo para mí?

No. Escribo para otros. No escribo porque quiera exorcizar demonios o pasar el rato. No escribo por terapia o hobby. Escribo porque quiero ser escritor (quiero ser más cosas también, no soy de querer ser una sola cosa, no sé si por suerte o por desgracia). Escribo para que mis libros se vendan y los lean otras personas, y a ser posible, que disfruten con ello. Escribo también por dinero, ya que me gustaría vivir de ello. La cosa está clara: no escribo para hacer algo por las tardes.

Sin embargo, si acepto por un momento que soy mi lector ideal, vuelvo a preguntarme: ¿estoy escribiendo para mí? Y si es así, ¿no es una contradicción con querer escribir para otros? Sobre todo si quiero que mis libros se vendan, más allá de mí mismo y mi familia y amigos. ¿Qué tontería de círculo vicioso es este?

Quizás no sea un círculo vicioso. Como psicólogo, me interesa mucho la experiencia subjetiva (no es algo que le interese a todos los psicólogos, que conste) El yo, la identidad personal, es un constructo psicológico. Dicho de forma muy simple, tenemos una imagen construida por nosotros mismos, consciente e inconscientemente, sobre quienes somos.

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Siguiendo a Jung, esa imagen (Self) incluye aquellas cosas que reconocemos y aceptamos como nuestras (aspectos físicos, cognitivos y emocionales de la personalidad), mientras que lo que no incluimos en ese Self pasan a formar parte de la Sombra: los vemos como algo “negativo” al no considerarlo parte de uno mismo. Lo que forma la Sombra de cada cual depende de lo que cada persona considere ajeno, externo, “malo”; tanto puede ser la crueldad como puede ser la compasión. O ambas.

La cuestión de la identidad, a nivel psicológico y neurológico, y cómo mantenemos esa identidad a lo largo del tiempo, es muy interesante. Un libro que habla sobre esto es La trampa del ego: qué significa ser tú, de Julian Baggini. Dice el autor: “¿Cómo podemos seguir siendo la misma persona a lo largo del tiempo, aunque cambiemos, a veces considerablemente? La mayoría de nosotros puede hacerse una idea del enigma simplemente tratando de recordar cómo éramos en el pasado”.

Y esta frase, del mismo autor, que creo expresa algo que nos ha pasado a todos los que escribimos: “¿Con cuánta frecuencia sentimos vergüenza ajena cuando encontramos cosas que escribimos en nuestra adolescencia?“. Quizás sea por eso por lo que yo hoy a veces dudo sobre lo que quiero escribir, porque: ¿qué yo lo está escribiendo? ¿El actual o el adolescente que dejó de escribir? Y es más, ¿debería importarme? ¿Es quizás esto una clave para escribir literatura juvenil? ¿Debo añadir más profundidad a esa “escritura adolescente”? Y si es así, ¿es eso lo que hace el lector ideal? ¿Examinar lo escrito y, si es necesario, demandar más profundidad, más materia?. Y si nos preguntamos a quién se hace esa demanda, la respuesta está clara: al yo que escribe.

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Quizás el lector ideal, si soy yo mismo, no es el mismo “yo” que escribe, y entonces todo el juego está entre mis diferentes yoes. ¿Escribe el yo obsesionado con la magia? ¿Quién lo lee? ¿El yo que adora la magia? Entonces, ¿Que ocurre entre el yo que escribe y el yo que lee? ¿Se comunican nuestros distintos yoes cuando escribimos? ¿Uno le escribe a otro?

Esto último me parece especialmente atractivo. Imagínate que hay algo que quieres como lector, y ese algo decide qué es lo que lees. O al menos decide qué te gusta de lo que lees. Imagina que hay algo que quieres contar como escritor: una idea, una trama, un personaje. Ahora entra en juego el lector ideal, que eres tú mismo. Pero otro . El que te permite que el tú escritor añada ese algo especial, sea capaz de convertir ese personaje en lo que tiene que ser. En ese juego entre tú como escritor y tú como lector ideal se crea la alquimia por la cual eres capaz de añadir a la historia ese algo que solamente como escritor no eres capaz.

¿Y si escribir fuera simplemente contarnos aquello que queremos decirnos pero que no sabemos cómo?

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En otra parte del mismo libro, Gabbini hace una pregunta: “¿Tienes un yo esencial?” Cuando hacemos esa pregunta, la mayor parte de la gente dice que lo tiene, pero todavía no he encontrado a nadie que pueda explicar con claridad qué es ese “yo”. Suele describirse como una especie de “sentimiento” siempre presente, una sensación que siempre está ahí, en el fondo (…) Aunque todos reconozcan que han cambiado enormemente desde que eran niños, la mayoría afirma que, no obstante, su sentido del “yo” ha permanecido constante”.

Nuestro sentido del yo cambia y se reestructura a lo largo del tiempo, pero seguimos siendo uno mismo, al menos eso es lo que experimentamos: “Parece que, con el paso del tiempo, cambiamos completamente, y sin embargo seguimos siendo completamente los mismos.” “Al mismo tiempo, cada uno de nosotros tiene un sentimiento de “yo-idad” que parece ser notablemente perdurable”

Como escritores, ¿nos vamos reconstruyendo continuamente? Como lectores, la misma pregunta. Quizás sea una pregunta tonta. Posiblemente respondas que sí, que como lectores nos vamos reconstruyendo y redefiniendo libro tras libro. ¿Y si como escritores, a la hora de escribir para ese lector ideal, estuviésemos en un proceso de redefinirnos, reencontrarnos, actualizarnos a través de la escritura?

Los escritores no son exactamente gente… Son un montón de gente intentando ser una persona. (F. Scott Fitzgerald)

El lector ideal como parte de uno mismo que alienta lo mejor de nosotros, que reconoce cuando estamos creando algo bueno, que nos dice cuándo no, y nos obliga a ir un paso más allá. Y si de verdad es parte de uno mismo, no es fácil engañarle.

¿Sientes que tu lector ideal tiene algo de ti?

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