… y ya no hay consuelo.

Mentimos. Continuamente.

Animamos a los demás. Los apoyamos, incluso los sostenemos. No queremos que sufran y hacemos – quien quiere – lo que puede para mantener a flote el barco que va medio hundido.

A veces el barco sale a flote solo. Creemos que nuestras palabras han ayudado, y quizás sea así. Como psicólogo, estoy convencido de que algo podemos hacer, algún aliento podemos insuflar en otra persona que hace que, al menos, aguante un día más.

Porque los cambios se construyen cada día; no hay fórmulas mágicas ni transformaciones repentinas. Existen los momentos de “darse cuenta”, instantes, pero no sirven por sí solos. Darte cuenta de que tienes que salir a correr todos los días si quieres estar en forma – por poner un ejemplo – no es lo mismo que ir a correr todos los días. Y sólo con darse cuenta no sirve.

Pero, ¿cuántas veces decimos la verdad? Mentimos. Continuamente. Animamos ciegamente porque no consideramos otra opción. Tendemos la mano a quien se ahoga o por lo menos le señalamos la orilla. Porque sentimos que así debe ser. Llenamos los silencios con palabras que muchas veces no meditamos. O con gestos que hemos visto en otros sitios, a otras personas; quizás los mismos gestos que alguna vez nos han hecho a nosotros.

No aceptamos la idea de que no hay consuelo, a veces. De que el mundo es raro, artificial y extraño, a veces. De que lo único auténtico es la desesperación, a veces. No aceptamos las nubes, no aceptamos lo gris, no aceptamos las grietas. Y consolamos, animamos, apoyamos; incluso peor: vendemos. Vendemos soluciones mágicas, fórmulas del éxito. Violamos a los demás con pollas artificiales que cogemos de aquí y de allá: una cita, una imagen inspiradora, una recomendación de un libro (“que a mi me sirvió muchísimo y por tanto a ti y a toda criatura viva del Universo tiene que servirle también”), un consejo que nadie te pide… y así sin descanso. A veces.

Pero a veces – sólo a veces – no hay consuelo.

Y cuándo no hay consuelo, ¿entonces qué?

Entonces nada. Ni para ti, ni para la otra persona. Nada. Conozco, por mi profesión que ejerzo a veces, lo importante de sostener lo que suceda, simplemente, sin hacer nada más. Cosa que es difícil en general (y para los psicólogos, a los que se les instruye a hablar, hablar y hablar, siempre con una palabra dispuesta en la boca; a vomitablar, más bien) ya que cada hundimiento del que somos testigos refleja algo de nosotros. Cada hundimiento recuerda que estamos a flote quizás por puta casualidad, por suerte, por vete a saber qué. Quizás porque te mantiene a flote el escribir. O un amante. O las drogas. O beber. O todo junto.

Ver a alguien hundirse nos recuerda que cualquier puede hundirse. Qué cosas, no pasa igual con ver a alguien triunfar, ¿verdad? Necesitamos charlas motivacionales de gente que ha triunfado, para poder asimilar que yo también puedo triunfar. Pero nadie da charlas motivacionales para que te hundas, para que desesperes.

Y entonces podríamos preguntarnos si eso no nos está revelando algo. Hundirse es algo que sabemos hacer sin que nos enseñen cómo. Triunfar, “salir a flote”, etc., requiere decenas de discursos marca TED. La desesperación es marca de la casa; flotar es algo que debemos importar.

No hay una razón específica por la cual escriba esto. Ahora lee las dos primeras palabras de esta entrada.

¿Ves? Mentimos continuamente.

Puede ser que tenga un mal domingo. Puede que guarde relación con la novela que estoy intentando escribir. Puede que necesite poner esto por escrito aquí porque no sé como ponerlo en la novela. Tal vez necesito oírlo, a ver que tal suena. Y creo que sí, que me ha servido para algo.

Aún así, sigue sin haber consuelo. Mis amigos dicen – y otra mucha gente con quien me he cruzado en la vida – que debería trabajar de psicólogo, que sería bueno. Después de escribir esto me pregunto si pensarán igual. Porque creo firmemente que, a veces, no hay consuelo.

Quizás pueda dar algún día una charla motivacional para la desesperación. Voy a escribirles a los de TED. Una charla sobre esos momentos en los que no importa quien te acoja o quien te señale la orilla, donde da igual que te eleven por encima de las olas y te pongan a salvo en una isla, o en un barco, o en un barco en una isla (si es la isla de PERDIDOS, por ejemplo).

Da igual porque hay días, momentos, en los que ya no hay consuelo. Y lo que queda es otra cosa. No tengo ni idea de qué, pero otra cosa.

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2 comentarios en “… y ya no hay consuelo.

    • No tengo ningún problema en consolarte cuando haga falta. La falta de consuelo a la que me refiero está más de la parte de quien lo busca que de la parte de quien se ofrece. Por eso digo que a veces, sólo a veces, no hay consuelo. Un abrazo (y sigo escribiendo).

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