La realidad de la herida

A veces es bueno volver a la herida. Conectar con ella. No regodearse, solo conectar.

No es un rollo espiritual o metafísico lo que voy a soltar. Son las 23:35 y he encendido el portátil para escribir esto, del tirón, sin esbozos ni correcciones.

Conectar con la herida es conectar con la realidad, la de cada uno. Porque la herida no es fingimiento. Podemos estar fingiendo que estamos heridos, de cuerpo y alma, como si fuésemos actores, pero cuando dejamos espacio para que la herida hable, sabemos que lo que dice es cierto. Despeja brumas, asienta los pies. Nos permite ver con claridad.

Cuando nos movemos desde la herida hacia otros lugares, también pueden parecernos reales. Pero no es igual. La alegría, por ejemplo. “Que esto no termine”. El miedo, o la certeza de que eso puede acabarse, no estar mañana. Porque esos otros lugares no son terreno fijo, nunca lo son. Tiemblan, aunque sea un poco, y eso se nota. Pero el suelo bajo la herida no tiembla, es firme. Y aunque sea un lugar que duele al mismo tiempo percibimos esa firmeza y eso, de algún modo que no comprendemos bien, nos reconforta. Es algo básico, animal, instintivo. Nos reconforta la firmeza bajo nuestros pies, la solidez de algo que es claro, meridiano, que no intenta engañarnos y que nos da la oportunidad de soltar los trastos y respirar esa certeza.

Cuando un libro nos habla de nuestra herida, lo amamos. Nos encanta. Y así, todos los libros similares nos encantan igual. Cada cual señala la misma herida, apunta al mismo sitio, traza caminos circulares sobre el mismo sitio. Con suerte, a veces no tan circulares. Con más suerte, caminos mucho más circulares.

Da igual que libro sea. Para una persona puede ser un clásico de la literatura japonesa. Para otra puede ser Harry Potter. Puede ser el Quijote o una novela de Agatha Christie. Porque un libro no es sólo lo que cuenta en torno a la herida, sino que la mera existencia del libro en sí es otro mensaje, críptico a veces, contradictorio, que despeja el camino hacia las certezas personales con las que – quizás – hace mucho que no echamos un rato.

Un libro sobre hechiceros y magos en un bosque encantado puede despertar la herida de la falta de oportunidad de expresar la fantasía cuando era el momento. Del interés por caminos sin gente, por inquietudes extrañas entre el grupo de iguales. El puto grupo de iguales. Al carajo todos ellos, que yo me voy a hacer magia en un camino por la noche.

Un libro sobre una tragedia medieval puede llevar a una persona a tener que admitir ante sí mismo que sí, que ojalá hubiese vivido en aquella época y no en esta. Abadías, montes, casas palaciegas… pueden recordarnos que amamos lo bello y que eso que nos gustaría ver, junto a lo que nos gustaría pasear, no está en el mundo que nos toca vivir.

Un libro sobre naves espaciales que cruzan el universo te recuerda, con cierto dolor, que lo que tú quieres en el fondo es lanzarte a la aventura y no llevar la vida que llevas. Que tú en realidad eres más que lo que eres, que siempre lo has sido aunque no te lo haya dicho nadie ni te lo hayas dicho tú mismo. Pero lo sabes.

La próxima vez que llegue la herida, no te apresures a echarla. Déjala el tiempo necesario para que disipe la niebla y te ofrezca la realidad. Y cuando acabes un libro de los que te recuerda que eres alguien maravilloso aunque no encajes ni apretando con fuerza entre tus iguales, acaricia las tapas (o la tapa del libro digital, da igual) y concédete unos segundos. Ve acumulando viento a tu favor.

Y cuando llegue el momento, soplará de golpe.

 

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