Fin

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Todo fin es un final, del tipo que sea.

Los libros tienen un final. A veces hasta pone “FIN” cuando acaba la historia

Ese “FIN” tiene algo mágico. La historia ha acabado. Se cierra el telón, se apagan los focos o cualquier otro símil que quieras añadir. Es como una voz diferente, una “sobre-voz” distinta a la del narrador, que te dice que hasta aquí ha llegado la historia. Que este es el fin. Bueno, no del todo.

En realidad cabe preguntarse qué pasará después. Cuando la princesa Hirgalina consigue derrotar a la malvada bruja Zerrestrúa y se queda con el castillo, es el fin. El final del arco de la historia, de la transformación de los personajes que tan obligatoria parece ser: que cambien, que sean otros, distintos al final de lo que eran al principio. Porque si no, ¿para qué la historia?

Pues lo lamento por todos los que nos aconsejan ese cambio, ese camino del héroe trillado, ya casi autopista del héroe. Porque a veces el que empieza y el que acaba son el mismo personaje. Aunque creo que eso también se contempla en la literatura: el protagonista que no aprende nada. Pero no vamos a negarlo: preferimos el cambio. Y ese cambio se alcanza con ese “fin” final.

Pero tal vez sea esta la razón por la que leemos. Una razón entre otras muchas.

Porque hay un final. Un “fin”.

Y claro que la princesa Hirgalina, después de ese “fin” asomada a la ventana de la torre contemplando su reino a la luz de la puesta de sol, se irá a dormir o a pillar la borrachera del siglo por haber recuperado el trono, o lo mismo se dedica a afilar las espadas porque al día siguiente quiere ir a conquistar las tierras del príncipe Lembardo. Quién lo sabe. Pero hay un mañana, un mañana que nosotros no vemos porque hemos llegado al “fin”. Podemos fantasear, imaginar, suponer e incluso anhelar saber algo más, y si ese anhelo es lo bastante grande, la editorial le pasará un cheque al escritor y le hará ver – y comprender – que hay mucha gente que quiere saber qué hizo Hirgalina luego. Y si hay suerte, Hirgalina volverá en otro libro a lomos de su caballo, su dragón o su perezoso mutante. A saber.

Pero al margen de todo esto, de cualquier modo, hay un fin. Leemos y llegamos a un final. Un cierre que nos satisface o no, pero es un cierre y en cierto sentido (meta-sentido) nos calma, nos arrulla, nos permite cerrar el libro con la satisfacción de una historia “acabada”, una historia con un final.

¿Te imaginas un libro que acabe a la mitad? No hablo de un final abierto. Hablo de acabar a la mitad. O a los tres cuartos. Imagina: Hirgalina está en el río lavándose una herida en una mano. Ha parado un momento de camino a la choza del brujo Cucuribrí quien va a darle una clave importante para derrotar a la bruja sin saber que se ha cruzado sin darse cuenta con su primo Gedofiso por el camino, a quien lleva tiempo buscando. Y allí está, sentada a la orilla del río lavándose las manos. Y entonces mira al cielo, un tanto anaranjado porque se está poniendo el sol, y suspira.

Y se acaba el libro.

Y no es una saga. No hay una segunda parte. No hay más. Se acabó. Ahí te quedas. Hirgalina lavándose las manos… y se acabó.

Eso no pasa en los libros. Bueno, a veces sí. O no tanto, Hay finales que pretenden ser abiertos, pero de algún modo te señalan con mayor o menor disimulo hacia donde deberías encauzar tus ideas, tus reflexiones. Quizás sobre todo en los relatos breves.

Pero en la vida no siempre hay un “fin” que cierre. Quizás por eso leemos. Queremos un “fin” de algo que nos permita dejar de nuevo el libro en la estantería (o ir a venderlo de segunda mano de lo horrendo que es) y que nos de la opción de inspirar, espirar, y adelante. Mientras, la vida tiene otros “fin”. La vida pone muchos “fin” del tipo de la princesa Hirgalina: de pronto, mientras se lavan las manos, o beben agua, o miran el cielo. Y no es el mismo fin. Es otro fin. Pero es un fin, al fin y al cabo. No va a haber más líneas, ni más capítulos, ni segundas partes, ni trilogías.

Se acabó. Fin.

Y esos “fin” existen en la vida, y por tanto como escritores debemos incluirlos en nuestras historias, tenerlos presente en nuestras mentes. Ha de haber Hirgalinas que se quedan en la orilla de un río así porque sí. Vale, la editorial te dirá que Hirgalina mueva el culo, derrote a la bruja, recupere el trono y luego se lave lo que quiera lavarse, pero tú, ESCRITOR, debes mirar alrededor y ver que hay muchos “fin” que no son así. Que son sólo eso. Fin.

Fin sin sentido. Fin sin que el arco del personaje o de la historia se haya cerrado. En realidad, cerrado está. Pero podría haber seguido, ¿verdad? Y eso es lo que queremos. Que el héroe vuelva a casa. Que haya transformación. Que se llegue a un “fin” que tenga más sentido. Más apropiado. Más completo.

Pero no te olvides de esos otros “fin” que ocurren todos los días, a todas horas. Esas princesas que miran al cielo con las  manos mojadas y ya está, se acabó, ya no hay más. Ese protagonista que espera el autobús y fin. Esa señora que sale de la floristería, y fin.

Tenlos presente al escribir.

 

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