Yo lo tengo más grande

No hablo de penes. Eso otro día. Hablo de capítulos. Y del vicio amoroso de la comparación (vaya cosa cursi me ha salido; lo voy a dejar)

escribir

Escribo y lo hago imitando a quienes admiro. Iba a decir inspirándome, pero llamemos a las cosas como son. Lo paradójico de esto es que, como en otras cosas en mi vida, mis inspiraciones suelen ser opuestas. Por ejemplo, una de mis autoras favoritas es Agatha Christie. Si no has leído nada de ella, ya estás tardando. ¡Corre! Su estilo es directo, claro. No se enreda en descripciones ni en las acciones. sus libros son dinámicos y desarrolla las escenas con facilidad. Una de las razones por las que quería ser escritor de pequeño (y de grande) era que cuando acabé de leer todas sus novelas me di cuenta de que ya no iba a escribir más, por ese insignificante detalle de que estaba muerta. Así que me dije: “Pues las escribiré yo”.

Pero no me quiero desviar. Estábamos hablando de tamaños.

Junto con Agatha Christie mi otra gran inspiración es El Amo y Señor: Clive Barker. Si no habéis leído nada de Barker, por favor, abandona esta birria de blog y vuelve cuando hayas leído “Sortilegio”. O algo de él.

¡Vamos!

Barker se extiende más. Bastante más. Mucho más. Pero la comparación no es entre ellos, sino entre ellos y yo. Y entre lo que escribo yo y lo que escriben otros. No hablo de calidad (no hoy…), hablo de tamaño. Cuando leo capítulos de libros de otros autores (no sólo Agatha y Clive; los tuteo, son de la familia) y miro el tamaño de sus capítulos me parecen muy cortos en comparación con lo que escribo yo.

No tanto el tamaño de sus capítulos, sino el modo de escribir. “¿Me estoy enrollando mucho?”, me pregunto.  “No”, me contesto, “es importante escribir y detallar como el personaje pone el pie derecho cuando empieza a andar, luego el izquierdo, luego otra vez el derecho, luego el izquierdo de nuevo aunque resbala un poco y entonces se agarra con la mano derecha en la baranda… espera, ¿he mencionado antes la baranda? ¿No? Vale, entonces empecemos por la baranda…”

Quizás sí me enrollo mucho a veces. Otras veces lo que escribo me parece corto, poco, pobre (uso tres adjetivos siguiendo la regla de tres que explica de maravilla Gabriella Literaria). Quizás haya dos medidas: la que aplicamos a lo que leemos de los autores que nos gustan, y la que aplicamos a lo que escribimos. Una doble medida que se ve reforzada porque en el primer caso lo leemos ya en las páginas de un libro publicado y en el segundo caso en las páginas de tu Word, Scrivener o Bloc de notas (si te gusta escribir en una línea infinita). Y siendo la visión el sentido que predomina en los humanos imponiéndose sobre los demás (oído, olfato, tacto, gusto) en caso de incertidumbre, damos más autoridad a lo que vemos escrito en un libro que a lo que vemos escrito en nuestra pantalla. Incluso aunque tú hayas escrito un párrafo de 19cm y el libro lo tenga de 15cm. Perdón, quería decir líneas.

Esa cosa de la comparación. Si uno mismo, por ejemplo, cocina pollo a la crema de arándanos sobre un lecho de boniatos, cosa que nos puede llevar un par de horas (por decir algo, que a saber lo que se tarda en cocinar un boniato) y nos sale aceptable, quizás no le damos mucha importancia. Si otro pone una hoja de lechuga encima de una rebanada de pan seco y le echa un chorreón de aceite, aplaudimos encantados. Quizás no te pase a ti. Pero en mi caso siempre está ese riesgo de comparar lo propio con lo ajeno, y que lo ajeno salga ganando.

Pues yo estoy comparando varias cosas. En estas semanas he estado comparando mi yo escritor actual con mi yo escritor original (pre-adolescente), y observo atento las diferencias. Comparo tamaño de capítulos, y observo atento las diferencias. Y hago trampas: pongo un dedo en mi plato de la balanza y la empujo para que la comparación me favorezca, para salir ganando (aprendiendo, lo llaman algunos; no lo tengo claro) Para no naufragar al menos por hoy en esto de escribir.

Y puedes seguir cargando la balanza en otras comparaciones, siempre a tu favor. Y quizás debas hacerlo, porque la inercia te empuja a que tu plato de la balanza se vaya hacia arriba, derrotado por el peso que pones en el otro: otro autor, otro libro, alguien que escribe mejor que tú, o más, o más y mejor. Incluso a veces alguien que crees que escribe peor que tú, pero que vende porque a todos nos pone una historia sobre un manuscrito secreto “que hará temblar los cimientos de la Iglesia” o cosas así. A mí me pone. Aunque ya no tanto: el roce hace el cariño, y el roce continuo, el desgaste.

Con todo esto me doy cuenta de que lo que me parece corto o largo en las páginas de Word puede ser adecuado en la página de un libro. Es decir, adecuado en sí mismo, sin comparar con otros tamaños. Y no tengo por qué imitar como escriben otros, pero esa comparación me ayuda a ver si de verdad estoy siendo tan fresco escribiendo como yo pretendo o me estoy yendo por las ramas. Atentos que viene un cliché: las comparaciones son odiosas. Sí, pero permiten cierto reajuste en tu trabajo, como por ejemplo darte cuenta de que no hace falta que describas paso a paso como camina el personaje, baranda incluida. Que lo que son palabras y más palabras en tu pantalla, si las miras de otro modo, te das cuenta de que pueden formar un capítulo decente.

¿Qué hacemos entonces? ¿Seguimos comparando? ¿O que cada cual se conforme con el tamaño de sus capítulos?

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7 comentarios en “Yo lo tengo más grande

  1. Pues es necesario que vuelvas a la escritura de manera más rutinaria. No lo vuelvas a dejar (y sé que implicará sacrificios, oara realizarlo, pero cualquier de ellos vale por mucho), Oscar, di contigo por la presentación que hiciste en el grupo FB de “El escritor emprendedor” y al echarle un ojo a tu blog me ha parecido interesante tu estilo. Tus influencias, por llamarlas así, literarias son indiscutibles.

    Y cierro mi comentario agregando lo que parafraseara el inconmensurable Stephen King, de tu sensei Clive Barker, cuando se dio a conocer en EUA: “He visto el futuro del horror y su nombre es Clive Barker” Creo que es el elogio más sincero y hermoso que un consagrado puede decir de otro colega.

    Te mando un fuerte abrazo (desde México) y a echarle pa’lante.

    • Hola Ernesto,
      Gracias por el apoyo; no, no vuelvo a dejarlo, eso seguro. Uno vuelve en ciclos a los mismos sitios que antes, aunque no del todo iguales, como en una espiral. Ya sabes, “nada empieza nunca” 🙂
      Sí, Clive Barker es un sensei para mí, como bien dices. Su novela Sortilegio (Weaveworld) es la novela que me marcó de pequeño y a veces la sigo poniendo en la mesa cuando escribo, como una especie de objeto mágico.
      Un abrazo!

      • En efecto, en nuestras vidas hay libros así, bueno creo que es un libro, más bien, que por alguna razón nos roba por completo y permanece para siempre con nosotros y hasta lo leemos, a lo largo de nuestra vida, varias veces. Yo tengo el mío, al que llegué de niño y de entonces a la fecha, en distintas etapas de mi vida, lo he leído 4 veces y sé, porque lo sé, que me espera una quinta. (“Sinuhé, el egipicio”, del finlandés Mika Waltari).

        De verdad, me da gusto saber que te adhieres al camino de la escritura para no dejarlo. Siempre me ha parecido penoso que talentos de cualquier manifestación artística se desvíen de ella y la dejen en el rincón de lo incumplido. Uno no debe negar jamás lo que se es.

        Un gustazo, Óscar, y vaya otro abrazo.

  2. Pues los míos (los capítulos) no son demasiado grandes, pero me encantan.

    No sé, la verdad es que entiendo la problemática de la comparación teniendo en cuenta que para según qué autores, parece que cantidad y calidad son la misma cosa, no obstante, desde mi punto de vista, es cuestión de estilo. Se me ocurren muchos casos en los que esto es así, e incluso me atrevo a decir que hay microrrelatos que para mí valen mucho más que libros de 500 páginas.

    Y esta es mi opinión, que nadie me ha pedido, pero que dejo aquí porque me encanta verte escribir, Óscar, y el leer tus entradas es un placer, sean largas, cortas, grandes, pequeñas, anchas, estrechas o de colores.

    Así que un abrazo fuerte, y sigamos disfrutando de la escritura, ¡que es “mú” bonita!

    • Que nadie pida tu opinión no es razón para que no la des: ¡esto es internet! ¿Que sería del universo redes sociales (blogs, webs, facebook, Twitter…) si diéramos nuestra opinión sólo cuándo nos la pidieran? 😉
      Sí, es cuestión de estilo, estoy de acuerdo. Cuando era pequeño no me gustaban los libros formados por varios relatos; prefería novela larga. Con el tiempo he ido cambiando de idea y desde luego que hay relatos cortos mucho mejores que novelas largas, y así me acabé reconciliando con los relatos, los cuentos, etc.
      Seguimos explorando la relación personal entre el estilo y la calidad, por un lado, y la cantidad que mejor funcione para ambos. Y sí, la escritura es “mú” bonita.
      Gracias Eduardo por comentar.
      Un abrazo!

  3. Pingback: No eres nadie hasta que te corrigen | Nada Empieza Nunca

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